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Un problema de física, Matti, suele tener una única solución válida. Si acaso, los muy modernos, tienen dos soluciones y hablan de gatos que existen y no existen al mismo tiempo. Así, si tu reúnes a dos matemáticos en torno a x+2= 6, ambos llegarán a la misma conclusión y, despejando la incógnita, llegarán al mismo resultado.
En el mundo de la economía, Matti, esto no es así. Preguntando el otro día a nuestro querido doctor en economía, el Barón Von Güberthal, por el motivo del altísimo desempleo que sufrimos, éste apuntó sin dudarlo al derroche excesivo de nuestros gobernantes, la falta de rigor presupuestario y haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Su solución -por lo tanto- era muy sencilla: sólo había que hacer un ejercicio de recorte y rigor y la economía volvería a crear empleo.
Sin embargo, y desconsolado ante la muestra de rigor del Barón, me fui a la taberna a mojar todos esos recortes en aguardiente y cual no sería mi sorpresa al descubrir que el tabernero había sido, antes de tabernero, doctor en economía por la prestigiosísima Universidad de Viena. Así, decidí comentar mi conversación con el Barón y, escandalizado, exclamó: “¡Malditos neoliberales! ¡Van a acabar con nosotros!”. Yo, temiéndome estar incluido en ese “nosotros” me agaché rápidamente bajo la barra no sin antes aferrar la botella de aguardiente y un par de cubitos de hielo, por si la amenaza se prolongaba en el tiempo.
Después de tranquilizarme, me explicó que, en realidad, la solución al desempleo pasa por incentivar desde los poderes públicos la iniciativa privada y fomentar la inversión en infraestructura y elementos de bien común.
Lógicamente, lejos de tranquilizarme, aquello me intranquilizó muchísimo. De hecho, si no hubiese estado borracho como una cuba, habría corrido hasta perderme en el horizonte y, seguramente, nunca más habríais sabido de mi. Afortunadamente, el alcohol me frenó y por eso sigo aquí. Sin embargo, la posterior resaca y un zumbido persistente en mi oído derecho me han llevado a concluir que, en materias económicas, hacemos mal en dejarnos guiar por economistas, Matti, al menos por estos economistas, sean Barones o taberneros. En realidad, mientras la economía se empeñe en dar respuestas simples a problemas complejos como el paro, no deberíamos hacerle ni caso, Matti. Al fin y al cabo, para dar respuestas simples a problemas complejos ya está la religión.

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Cada vez que me asomo a un gremio (jueces, notarios, pilotos de aeroplano de ciertas compañías) en el que un amplio porcentaje de sus miembros son hijos de otros miembros del mismo gremio, me entran ganas de coger una enorme brocha roja y pintar en la pared:
“Idiotas, la endogamia NUNCA ha mejorado una casta”.
Claro que, seguramente, el gremio de biólogos se me echaría encima por “amateur”…

Ay, Matti, vivimos tiempos tan extraños que un tipo como yo va a terminar dándole la razón a Marx: la lucha de clases existe y pervive aún en nuestros días. Lo que sucede es que a las tradicionales clases obrera y capitalista se ha sumado una nueva clase de la que los medios no hacen más que hablar y a la que los ciudadanos, con razón, temen. Has adivinado bien, Matti, se trata de la “clase política”.

La clase política son, efectivamente, esos ciudadanos que, habiendo destacado de entre la masa, son elegidos por sus conciudadanos para gestionar y ordenar la “res pública” a cambio de unos salarios que, sin ser astronómicos, tampoco son los del trabajador industrial o el chofer de provincias. Hasta no hace mucho, a los ciudadanos nos cabía la ilusión de que sus programas estaban controlados por nuestro voto y su voluntad sancionada por nuestra capacidad para mandarles al paro, aunque fuera cada cuatro años.

El problema, Matti, es que la clase política tiene, a día de hoy, muy claro que, gracias al sistema de partidos, sus posiciones son, en realidad, bastante intocables y que, si uno pierde las elecciones, siempre habrá algún cargo dentro del partido donde cobrar un sueldecillo hasta que lleguen tiempos mejores.

Y eso les ha llevado a adquirir una característica absolutamente única en relación a las demás clases que Marx retrataba. Así como la clase obrera se caracteriza por vender su mano de obra y generar una plusvalía, de la que luego la clase dominante vive y obtiene su riqueza, la clase política se caracteriza, en estos momentos, por su absoluta irresponsabilidad en sentido literal del término.

Supongamos por un momento que yo, como empresario, decido vender todas mis tierras por un pfening al señor Marqués. ¿Qué sucedería, Matti? Pues que, de un día para otro, yo me vería en la miseria y tú, en lugar de mi chófer, tendrías que convertirte a buen seguro en mi benefactor. ¿Y que sucedería si tú, movido por un instinto homicida, decidieses lanzar tu automóvil a 110 Km/h contra la lechería de la vieja Fraulein Helga? Pues que seguramente darías con tus huesos en la cárcel y además terminarías pagando sino todo, sí al menos parte de los destrozos causados. En ambos casos, seríamos responsables de nuestros actos y pagaríamos las consecuencias de los mismos.

Ahora supongamos que un político decide vender terreno o empresas públicas por un pfening, sin haberlo consultado previamente con sus administrados de forma directa o construir una carretera por un paraje claramente protegido por la legislación que él mismo aprobó diez años antes. ¿Le sucede algo? No.  En el primer caso, si las cuentas públicas flaquean, empezará a buscar formas alternativas de financiación como emitir deuda, pedir dinero prestado a los bancos o elevar los impuestos. Lógicamente, en ninguno de los casos anteriores será él quien pague de su bolsillo el coste de esa financiación adicional sino que serán sus administrados quienes, henchidos de felicidad, pagarán esas cantidades adicionales. El segundo caso es más sangrante si cabe pues el mismo político (u otro distinto) gastará un dineral en abogados de la administración y procesos judiciales para defender lo indefendible. ¿Y lo pagará él? Tampoco. Ni uno ni otro serán responsables de sus actos sino que será “el estado” o “la administración” y, en última instancia, los pardillos de los ciudadanos, los que paguen las consecuencias de sus errores.

¿Quiere esto decir que todos los políticos son iguales o actúan de forma igualmente irresponsable? No. Ni mucho menos. Nein. Lo que quiere decir es que cualquier político tiene un manto de amparo tal que puede decidir la mayor barbaridad sin tener que responder por esas decisiones y lo que, desde luego, quiere decir, es que ese manto debería desaparecer y el político entender que lo que él administra no es sino la plusvalía de sus administrados, empresarios y trabajadores y que, como mero administrador, debe responder de todos y cada uno de sus actos.

No hablo solo de responder penalmente de prevaricaciones y otros detritus que pueblan nuestros tribunales, Matti. Hablo de responder de una buena o mala gestión de una coyuntura y, desde luego, de que la “clase política” entienda que su papel es ejecutar aquellos programas por los que son elegidos y, en ningún caso, el de improvisar soluciones de emergencia, ponerse creativos o arrasar descampados. Para ello, claro, habría que cambiar el sistema electoral, el funcionamiento interno de los partidos y, seguramente, el funcionamiento interno de buena parte de esa “clase política” pero eso, claro está, es otra historia…

Debatir es cada día más difícil, Matti. Resulta cada vez más complicado tratar de argumentar esgrimiendo razones sin que le tiren a uno un adjetivo o un argumento “ad hominem”. Así, si uno argumenta que los terroristas deberían ser juzgados, por muy terribles que sean sus crímenes, y no ser ejecutados y luego lanzados al mar, no pasan ni diez minutos antes de que uno sea acusado de “izquierdista blandengue”, “moralista” o directamente le acusen de querer dejar libres a todos los terroristas.
“No oiga no. Yo no he dicho que quiero que los terroristas estén libres. Yo sólo he dicho que, en un estado de derecho, los juicios garantizan la proporcionalidad de la pena y la publicidad del proceso” – contrargumenta uno. Y nada. Le vuelven a acusar inmediatamente de tener muchos escrúpulos morales cuando se trata de terroristas pero haber apoyado la dictadura de Fidel Castro, las purgas estalinstas y hasta el uso de sedantes por el Dr. Montes.
Y así es imposible debatir.
En primer lugar porque uno puede haber apoyado o no cada una de esas cosas que le acusan a uno de apoyar y porque, desde luego, mezclar churras con merinas hace un flaco favor al debate.
Y en segundo lugar porque el debate debe ser, supuestamente, un intercambio de argumentos. Y yo estoy encantado de escuchar argumentos como que “lo más práctico era pegarle un tiro”, que “se lo merecía” y, desde luego, que cabía el riesgo cierto de que, al estar prisionero, sus compañeros de filas se enrocasen en una larga serie de atentados para exigir su liberación. De verdad. No tengo ningún problema en escucharlos y jamás se me ocurriría tildar a sus defensores de “defensores del holocausto nazi”, “partidarios de la tortura de los GAL” o cualquier memez semejante. Un argumento debe ser respondido con otro argumento que ofrezca razones contrarias al anterior. Acusar al interlocutor o repasar su biografía pasada raramente enriquece el debate.
Y el problema, Matti, es que esa misma retórica la reproducen nuestros líderes políticos. Y así, cuando hay que discutir si la circunvalación debería ser construida por el Este o el Oeste, los profundos argumentos que se esgrimen brillan a la altura de las botas de los obreros. Y si lo hacen unos, los otros dicen que está mal y, si lo hacen los otros, son los unos los que protestan airadamente y les rematan con un contundente: “sólo los herederos de Stalin pensarían en construir una circunvalación por el oeste”.
¿Estamos idiotas, Matti? ¿En serio es tan complicado exigir y exigirnos argumentos con un mínimo peso? ¿De verdad un adjetivo ganó alguna vez un debate? Porque, que yo sepa, jamás remató Sócrates a sus discípulos llamándoles “melones”, “fascistas” o “escrupulosos”. Y sí, vivimos en un país gobernado por una clase política de mierda a la que todos criticamos con ahínco pero, viendo el nivel del debate a pie de calle, ¿no será que tenemos la clase política que nos merecemos? .

Vivimos, Matti, tiempos extraños. Cuando yo era pequeño, se nos enseñaba a leer y escribir según unas normas de ortografía creadas hace cientos de años. Siendo un poco más mayor, se me ocurrió –en lo que fue una completa locura– obtener el permiso de conducir y tratar de conducir yo mismo el vehículo que ahora pilotas tú. El encargado de mi formación al volante lo dijo claramente: “conducir requiere atención, destreza y unos ciertos conocimientos físicos. Sin los tres, es imposible desenvolverse al volante de un coche.” Yo resulté incapaz de combinar los tres requisitos simultáneamente y, sabiamente, aquel profesor me dio su última recomendación: “contrate un chófer y no vuelva a ponerse jamás al volante de un coche”.

Sin embargo, leo hoy en los periódicos que la Academia de la Lengua Bretchiana ha decidido simplificar la ortografía “porque resulta demasiado complicada para los escolares”. A su vez, las carreteras y los coches se diseñan, cada día, para peores conductores y se obliga a todos –buenos y malos– a conducir según los mismos criterios. Si nieva, se cierran las carreteras y, si las tildes resultan complicadas, se prohiben por decreto para que nadie se equivoque.

Hay dos cosas que me parecen terroríficas en todo esto, Matti. En primer lugar, se trata de construir un mundo donde la gente no se equivoque y, consecuentemente, no sufra las consecuencias de sus errores. El problema es que en un mundo sin errores, nadie aprende y, si nadie aprende, mucho me temo que acabemos involucionando no ya en monos –los monos aprenden mucho mejor que según qué humanos– sino en amebas bípedas y consumidoras.

En segundo lugar, el rasero que se sigue para suprimir la tendencia al error no está basado en la excelencia o en criterios técnica o éticamente justos sino en la pura media estadística. Así, si establecemos que el 60% de la población no sabe usar la “hache” muda, la suprimimos por decreto para hacer feliz a ese 60%. Da igual si ese 60% ha hecho esfuerzos reales por aprenderla o no, si esos esfuerzos han sido correctamente encaminados o no: si la mayoría se equivoca, se suprime el error por decreto ley. Y punto. El problema es que, así, construimos un mundo de mediocres en el que la recompensa la obtienen los menos aptos. ¿Que ser licenciado es muy difícil? Se rebajan los requisitos y así todo el mundo puede ser licenciado.

Sí, sé que suena racista, Matti pero no lo es. Lo que es racista es pretender que uno es mejor que otro por ser licenciado, tener carnet de conducir o escribir correctamente. Un ser humano es mucho más que eso y jamás debería ser juzgado a  la ligera por habilidades tan triviales. Pero tampoco es de recibo decretar que, para que todo el mundo conduzca, sea licenciado o pueda pilotar F-16, los requisitos de conocimientos, habilidades y experiencia queden reducidos a la mitad.

La única consecuencia positiva que se me ocurre de todo esto es que, un día, la Iglesia Católica se sume a esta noble tendencia y, para que nadie se sienta discriminado, permita santificar a toda la población incluidos los ateos, los anticlericales y al bueno de Marqués con su afición a perseguir jovencitas.

 

Sé que, desde que son tan malos, te tengo prohibido leer los periódicos pero estoy seguro de que lo has leído, Matti. Al fin y al cabo, en estos tiempos que corren, dejar de leer los periódicos es dar la razón a quienes los escriben tan mal intentando, de forma deliberada y desde hace años, que dejemos de leerlos. Y eso tampoco tiene mucho sentido.
En nuestra vecina región de Wappurtala llevan alborotados varias semanas a costa de un extraño fenómeno al que llaman “elecciones primarias”. Resulta que, en uno de los partidos políticos que concurren habitualmente a las elecciones se han encontrado con una situación insólita ; resulta que no uno sino dos de sus militantes desean ser candidatos en las próximas elecciones de los Lander. Dado que la ley electoral sólo permite un único candidato, los dirigentes de ese partido han optado por convocar un extraño proceso llamado “elecciones primarias” y pasearse por su lander -y varios de los alrededores- explicando al mundo el avance democrático que esto supone.

Es novedoso –hay que reconocerlo– que sean los militantes de un partido quienes elijan a sus representantes en las elecciones. Aunque naciones poco civilizadas como los EE.UU lo vienen haciendo desde hace años, aquí, en Europa, lo encontramos de mal gusto y bastante ruidoso. Por eso suelen elegirse los candidatos por comités de expertos que han sido democráticamente elegidos entre otros comités de delegados, escogidos a su vez por dos mil subdelegados a los que, en última instancia, parecer ser que sí escogieron los militantes.

Lo asombroso de la situación es que, según los dirigentes del partido en cuestión, el resultado de las elecciones es un alarde de “democracia interna” y yo me pregunto ¿De verdad?. Porque resulta que los dos candidatos –Trinitaten Von Himmeness y Thomas Von Hoffez– vienen de muy democráticos orígenes. La una es ni más ni menos que Ministra de la Salud y las Buenas Costumbres, elegida democráticamente por nuestro democráticamente elegido presidente del gobierno. El otro, dirige la Federación Regional de su partido y fue elegido mediante los correspondientes y democráticos comités de delegados y subdelegados. Sería un alarde de democracia interna, Matti, que, si tú o yo tuviésemos el suficiente mal gusto como para militar en un partido político, pudiésemos presentarnos en igualdad de condiciones con una democrática ministra y un democrático secretario federal.

Y más democrático, se me ocurre a mi, sería que los ciudadanos pudiésemos tachar elegantemente los nombres de aquellos que queremos –o no– que nos representen en las cámaras legislativas correspondientes, dejando cuidadosamente sin tachar los nombres que nos pareciesen poco democráticos, antipáticos o directamente feos.

Todo lo demás, Matti, no es democracia interna; son juegos de circo para mantenernos entretenidos mientras que arriba, muy arriba, lejos de los subcomités a los que tú o yo tenemos acceso, se decide cómo se gestiona nuestro dinero y, en última instancia, nuestras vidas.

Está claro, y lo dicen pensadores mucho más sesudos que yo, que el destino del hombre moderno es estar solo. Hoy, día de huelga general, me siento más solo que nunca, Matti.

Por encima, me sobrevuela un gobierno de inútiles; haciendo una política que les permita sobrevivir unos meses más al temporal; pensando en las consecuencias que una ley tendrá mañana pero jamás en las que tendrá pasado mañana. Lo peor de la política de hoy en día, Matti, no es que ni siquiera la hagan los políticos, lo peor de la política de hoy en día es que se hace desde el cortoplacismo más estúpido que haya gobernado jamás a especie alguna sobre la faz de la tierra. Así, las obras públicas o la legislación no deben estar sólidamente cimentadas y ser objeto de una profunda reflexión sino que deben estar listas para el día de las elecciones. O mejor aún, dos semanas antes.

Pero el hombre moderno, Matti, no encuentra las mayores sorpresas mirando hacia arriba sino cuando mira a su alrededor.

A un lado -no está muy claro si el derecho o el izquierdo- el hombre moderno se encuentra con unos sindicatos que dicen defender a los trabajadores. Yo no sé mucho de la defensa de los trabajadores, Matti, pero no tengo claro que un modelo en el que la antigüedad vale más que la capacidad sea un modelo justo para con los trabajadores. Tampoco sé si un modelo de indemnizaciones por despido en el que no se establecen diferencias entre salarios altos y bajos, entre trabajadores jóvenes y mayores es un sistema justo. Los sindicatos sí lo saben: lo tienen tan claro que han convocado una huelga dos semanas después de la aprobación de la ley para poder cubrir el expediente y que nadie les pueda acusar de quedarse “cruzados de brazos”.

Al otro lado -que cada uno decida a qué lado- está la patronal. La patronal defiende a los empresarios pero, de nuevo, no sé a qué empresarios defiende. El lechero de la esquina ha visto bajar su beneficio un 20% y lleva dos noches sin dormir. El presidente de la Patronal ha cerrado cuatro empresas en un año y duerme a pierna suelta. Él es un empresario modelo y, lógicamente, los modelos tienen que dormir bien. Nadie quiere ver a un modelo con ojeras.

Reptando de un lado a otro, haciendo las cuentas y tratando de decidir quién gana y quién pierde, están los medios de comunicación. Los medios de comunicación, Matti, no son sólo responsables por limitarse a reproducir consignas y contar los manifestantes según les convenga.  Los medios, Matti, hacen algo mucho peor: dibujan una realidad tan simple, tan carente de matices que cualquier observador podría sentirse tentado de pensar que el gobierno, la patronal o los sindicatos tienen la razón.

Y no, Matti, ninguno tiene razón porque ninguno ha profundizado en su análisis de la realidad más de lo que haría un niño de cinco años. Y así, enfadados como un niño de cinco años, nos sacan a todos al patio del colegio y nos gritan: “O estás conmigo o estás con ellos”. Y eso, Matti, yo no se lo permito a nadie. Ni con unos, ni con otros. Yo no quiero participar de una contabilidad mortal en la que se me obliga a estar del lado de los huelguistas o del lado de la patronal vociferante. Me niego a participar en esa estúpida refriega. No quiero que me cuenten entre los que ofrecen su adhesión inquebrantable al gobierno ni entre los que se adhieren a la huelga y reivindican sus pequeñas goteras. Lo siento pero conmigo, que no cuenten, Matti. Yo hoy me quedo fuera. Solo. Pero fuera.

Me siento fresco hoy, Matti. Casi diría que estos tres días sin beber me han devuelto a mi condición de ser humano. Es terrible la condición de ser humano, Matti. No hago sino abrir el periódico y ¿qué me encuentro? Otro ciudadano en huelga de hambre, exigiendo a su nación que actúe de forma justa y democrática.
¡Habráse visto sinsentido igual! ¡Un ciudadano dirigiéndose a una nación! ¡Como si la nación tuviese la obligación de escucharle!

Los ciudadanos deberíamos entender que no tenemos ningún derecho a exigir nada a nuestras naciones. En realidad, los ciudadanos sólo existimos porque las naciones necesitan a alguien que vote cada cuatro años y pague sus impuestos. Algunas naciones, adoptan formas de gobierno tan sofisticadas que incluso consiguen obviar el primero de estos dos inconvenientes pero, para la común de las naciones, un ciudadano no es más que una molesta partícula capaz de estropear el proyecto más elaborado.

Fíjate si no en la economía. Se afanan economistas, ministros y varias docenas de sabios en elaborar nuevas fórmulas para componer un cuadro macroeconómico que sitúe a nuestra nación donde merece: a la cabeza de Europa. Para ello, emplean años en inventar nuevas formas de contabilizar la riqueza de nuestra nación. Cuando finalmente llegan a la conclusión de que nuestro país es tan rico como el que más, ¿qué sucede? Pues que nuestros ciudadanos van todos de cabeza al paro, dispuestos a arruinar la bonita postal macroeconómica. ¡Así no hay quien gestione la economía!

¿Y en caso de guerra? La población civil es una incomodidad terrible en cualquier guerra. No hacen más que entorpecer los movimientos de tropas y obligan a desviar recursos a cosas tan superficiales como su alimentación. Si los ciudadanos fuesen realmente sensibles con las necesidades de sus naciones, nada más empezar una guerra, emigrarían todos a la nación enemiga para así arruinar sus comunicaciones y su economía.

El problema de fondo, Matti, es que el ingenio de nuestros sabios no está a la altura de las necesidades de nuestra nación. Se impone inventar una máquina que obvie al ciudadano y le sustituya en lo esencial: pagar impuestos, consumir y votar cada cuatro años. Inventada la máquina e instalada en las capitales de todas las naciones del mundo, podremos al fin disfrutar de un mundo a la medida de nuestras naciones y en el que los ciudadanos pasen a ser totalmente prescindibles. A ver si así aprenden.

Me acaba de sucecer, Matti, la cosa más extraña del mundo. Apenas acaba de levantarme cuando Hans, nuestro cartero, me ha traído la correspondencia del día. Entre ellas, he encontrado una misiva del Barón Von Liliental  que me ha dejado desconcertado. Escrita en dos cuartillas, en la primera  me decía lo siguiente:

Estimado Destinatario:

¿Qué es el amor? El amor no es un destino sino el camino que recorremos junto a quien amamos. Disfruta de tu vida a cada momento y no dejes que las ansías por llegar te arruinen el viaje.

Hasta aquí, Matti, era todo muy normal. Sabes que el Barón es hombre dado a filosofar, sobre todo tras la partida de los martes y sus copazos de Acquavitt, ese aguardiente islandés tan poderoso. Lo sorprendente viene ahora. En una cuartilla aparte, me decía:

Ahora cierre los ojos y piense un deseo. Si envía esta carta a todas sus amistades antes de que se ponga el sol, su deseo se cumplirá, su vida será dichosa y además, recibirás 30 pfenning de la Compañía de Correos que está haciendo una investigación de mercado. Si, por el contrario, no la envía, su vida será miserable, el sol arrasará tus cosechas, sus hijas morirán violadas y, además, al cartero Hans le entrará diarrea y nunca más le entregará carta alguna.

Te puedes imaginar como me quedé al leerlo. Patidifuso. En primer lugar, porque tenía al Barón por un ser humano razonable y al aguardiente islandés por un alcohol poderoso pero no tóxico a tan corto plazo. En segundo lugar, porque no conseguí determinar si la idiotez de la segunda cuartilla anulaba la filosofía perfectamente válida de la primera hoja o no.

Por lo que me explicó el cartero, las consecuencias de la misiva le tienen al borde del colapso. Naturalmente, el pobre diablo teme morir de disentería pues es de natural supersticioso pero es que, además, cada vez que él entrega una copia de la dichosa misiva, el destinatario corre despavorido y se presenta con 60 o 70 sobres que él debe echar a su saca inmediatamente. Este proceso se repite, a su vez, cuando reparte éstas y, como es lógico, acaba entregando a los remitentes originales, entre ellos el propio Barón, cartas idénticas a las que ellos enviaron.

Se ve que el Barón distribuyó la misiva original con generosidad y ahora todo el condado anda intercambiando estas extrañas cartas. Para colmo, cuando le he dicho que me parecía una estupidez y que no pensaba reenviar la carta, el pobre hombre se me ha echado a llorar diciendo que él no quería morir de disentería.  Al final, he tenido que rellenar tres o cuatro cartas y enviarlas por ahí, a la buena de Dios. Eso sí, antes de reenviarlas he introducido un cambio sustancial en la segunda cuartilla:

Ahora cierre los ojos y piense un deseo. Si  se abstiene de enviar esta carta a todas sus amistades no sólo su deseo se cumplirá, su vida será dichosa y le tocará la lotería sino que, además, el Vicario Schultz contraerá la sífilis y sus abundantes hijos naturales se manifestarán a la puerta de la vicaría entonando todos juntos el Viva Colonia.

A ver si así acabamos así con esta funesta costumbre…


¡Como lo voy a saber, Matti! En mi época, Internet todavía no se ha inventado. Pero parece ser que el gobierno de la república española ha introducido una ley para proteger a los artistas de internet. Y parece ser también que, el camino para proteger a los artistas, pasa por desproteger al resto de la sociedad. No termino de entender por qué alguien tendría que legislar para proteger a gente que vive de inventar de algo que aún no se ha inventado pero haré un esfuerzo y elucubraré con la ayuda de este chupito de ginebra.

¡Hics!.

Se me ocurre que el hombre tiene un extraño miedo a que las cosas que él mismo inventa le desplacen de su sitio. Imagina, Matti, lo que piensan los conductores de diligencias y los criadores de caballos de esa máquina infernal que tú conduces y que nos transporta velozmente de un sitio a otro.
Seguramente los artistas se sienten de una forma parecida respecto a internet. Por lo que me cuentan, internet es como un teléfono enorme por el que caben lo mismo una fotografía, un concierto o una película y parece ser que los artistas viven en un miedo constante a que les roben sus películas y sus conciertos con la ayuda de tan maligno artefacto.

A mi -que no soy artista sino un terrateniente sufridor- se me ocurre que ese artefacto, de haberse inventado, serviría para que millones de personas pudiesen acceder a los conciertos y las músicas que cualquiera componga de forma casi instantánea. Si tú y yo quisiésemos entonar ahora mismo el “Griechische Wein” no tendríamos más que descolgar y medio mundo podría oírnos.
Pero, sobre todo, se me ocurre que una inteligencia creadora, ante un nuevo invento, dedicaría sus esfuerzos a adaptar su creación a las nuevas formas de difusión y a encontrar la forma de obtener dinero a cambio. Pero no, parece ser que algunas inteligencias creadoras andan, a día de hoy, mucho más preocupadas por el futuro de las diligencias que por el trazado de las futuras carreteras de su república.

No lo entiendo, Matti. Pásame la botella y déshazte de este vaso de cristal antes de que llegue un burócrata y lo requise en nombre de los talladores de granito.